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domingo, 12 de marzo de 2017

EL ESTADO LAICO

EL ESTADO LAICO
Un Estado en su conjunto laico, sin una religión oficial, esto es que no tome partido por una religión determinada, que sea independiente de cualquier organización o confesión religiosa, es conquista en nuestro país de la revolución liberal de 1895 y reconocido en la Constitución de 1906, que redime caer en los peligrosos fundamentalismos religiosos que han resurgido en distintos lugares del planeta en plena postmodernidad.  Esta laicidad todavía no completada al existir religiones preponderantes y con ciertos beneficios estatales, tendrá una culminación del proceso de secularización del Estado cuando temas como el aborto, el matrimonio igualitario, la eutanasia, ejercicio de la libertad sexual, podrán ser debatidos objetiva y jurídicamente, y no cual sucede actualmente donde el debate es moral y religioso. 

martes, 13 de septiembre de 2016

CUALIDADES DEL GOBERNANTE

Aunque por las acciones de los hombres descubrimos sus designios, es de sapiencia conocer a los seres humanos para poder gobernarlos con sabiduría, la cual para Thomas Hobbes se adquiere no leyendo en los libros sino en las personas, por eso quien ha de gobernar una nación entera debe leer, en sí mismo, no a este o aquel hombre, sino a la humanidad misma, cosa que resulta más difícil de aprender cualquier idioma o ciencia.[1] El que gobierna es gobernante y gobernado a la vez; el verdadero gobernante gobierna a los demás porque se gobierna a sí mismo y busca que los gobernados sean mejores ciudadanos. Dicha sabiduría sólo se lo puede conseguir en base a la experiencia, requisito de edad que lo contemplan todas las constituciones del mundo.

Lo complejo de gobernar en regímenes democráticos está dado porque el poder está más distribuido y fragmentado que en los regímenes autocráticos y el gobierno de la sociedad está más regulado en todos sus niveles por procedimientos que admiten la participación ciudadana, el disentimiento y la proliferación de espacios en los que se toman decisiones colectivas. No existe una universidad donde se estudie para ser gobernante, es la persona con su tolerancia la que se enfrenta a la realidad.





[1] Thomas Hobbes, Leviatán O la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil, Fondo de Cultura Económica, decimosexta reimpresión, 2010, México D.F, p. 5. Título original: Leviathan or the Matter, Form and Power of a Commonwealth Eclasiastical and Civil, 1651. 

martes, 12 de abril de 2016

Los sabios griegos y su concepción política



 
En la Hélade, la tierra de los helenos, dentro de los pensadores presocráticos no existe una sistematización acerca del Derecho y del Estado. En Heráclito, el dominio del cambio del mundo está relacionado con la reacción entre opuestos: “La guerra es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses y a otros como hombres, a unos los hace esclavos y a otros libres”. El cambio está en la esencia de todo: “Lo mismo es vida y muerte, velar y dormir, juventud y vejez; aquellas cosas se cambian en éstas y éstas en aquéllas”.  La unidad: “Tras haber oído al Logos y no a mí es sabio convenir en que todas las cosas son una”. Anticipándose a Kant: “Lo contrario se pone de acuerdo; y de lo diverso la más hermosa armonía, pues todas las cosas se origina en la discordia”. Distinción entre materialismo y fundamentalismo: “En vano se purifican si se ensucian con sangre, como si uno que hubiera andado entre el barro quisiera lavar sus pies con barro. Cualquiera que lo viera haciendo esto, lo consideraría necio. Y ellos oran a imágenes de dioses, como si alguien pudiera conversar con cosas fabricadas, pues no conocen a los dioses y héroes tal como son”. “Este mundo, que es el mismo para todos, no lo hizo ningún dios o ningún hombre; sino que fue siempre, es ahora y será fuego siempre viviente, que se prende y apaga medidamente”. “Para Dios todas las cosas son hermosas, buenas y justas, pero los hombres han supuesto que unas son justas e injustas otras”.[1] Platón en el Cratilo, anota: “Heráclito dice que en alguna parte que todas las cosas se mueven y nada está quieto y comparando las cosas existentes con la corriente de un río dice que no te podrías sumergir dos veces en el mismo río”.

Los antiguos griegos denominaban politeia a la Constitución que organizaba la administración de la ciudad, a la vez que los derechos de los ciudadanos a decidir en las cuestiones de la polis. Para Aristóteles, Constitución política o gobierno es la organización o el orden establecido entre los habitantes de la ciudad (Política, Libro III, Teoría General de las Constituciones a partir de los conceptos de ciudad y ciudadano). La Constitución en el pensamiento aristotélico tiene por objeto garantizar las magistraturas, la división de los poderes, los atributos de soberanía y la determinación de un fin específico de cada asociación política. Constitución equivale a régimen, a estructura: es el modo de ser de la ciudad, su compostura  o naturaleza total.

La Constitución del legislador y reformador Solón (594 a.n.e.) uno de los siete sabios de Grecia, perfeccionada por Clístenes (508 a.n.e.), llega a la realización democrática de la época con el estadista Pericles (462 a.n.e.), en el período de mayor esplendor de la cultura griega. La palabra democracia y la organización política que la representaba, son invenciones del siglo de Pericles. Fulguración impulsada por este estadista que no volverá a acompañar con igual ímpetu al pueblo ateniense. Tucídides atribuye a Pericles los siguientes pensamientos acerca del estado democrático que cualquier teórico liberal lo suscribiría: “El estado democrático debe esforzarse por servir al mayor número de ciudadanos; debe procurar la igualdad de todos ante la ley; debe conseguir que la libertad de los ciudadanos dimane de la libertad pública; debe acudir en socorro del débil, y dar el primer puesto al mérito. El armonioso equilibrio entre el interés del Estado y el de los individuos que lo componen, garantiza el desenvolvimiento político, económico e intelectual de la ciudad, protegiendo al Estado contra el egoísmo individual, y al individuo, gracias a la Constitución, contra la arbitrariedad del Estado”. Con entusiasmo, Hegel se refiere a dicho período: “Finalmente llegó Pericles, que dio un impulso democrático aún mayor. Por de pronto limito la influencia del areópago y entregó muchas atribuciones de ese alto cuerpo a la decisión del pueblo y los organismos de la Justicia. Pericles fue un gobernante de carácter plástico y antiguo. Cuando se dedicó a la a la función estatal, renunció totalmente a la existencia como ciudadano particular. Se alejó de todas la fiestas y dedicó su vida al objeto de ser útil al estado, con lo que alcanzó un perfil tan extraordinario que Aristófanes lo menciona como el Zeus de Atenas.”[2] El filósofo Hegel se refiere a que en la Atenas de Pericles reinaba una viva y alegre libertad, unida a una amplia igualdad de costumbres; y aun cuando era inevitable que se diesen las diferencias en las distintas categorías económicas, no llegaron a extremos.

Mas aquella democracia no era más que el gobierno de una minoría sustentada en la esclavitud de una mayoría de la población. Las mujeres estaban impedidas de la injerencia en la vida política. Son reveladores estos versos de Las Suplicantes de Eurípides: “Existen en el Estado tres clases: primero los ricos, ciudadanos inútiles y ocupados sin cesar en acrecentar su riqueza. Después los pobres privados hasta de lo más necesario, y la clase media que es la que salva las ciudades: ella es la que mantiene las instituciones que el estado se procura”. El primer antecedente de Constitución escrita nos brindan así las ciudades-estado griegas, dentro de las cuales encontramos el modelo más acabado de democracia minoritaria, formada únicamente de hombres libres.

Sin embargo, especialmente en Atenas, a medida que crece la cultura, va ensanchándose de un modo efectivo la esfera de la libertad individual. Por ello el jurista alemán Jellinek se pregunta ¿cómo podían haber nacido de otra suerte las insuperables creaciones espirituales de aquella época? Pregunto ahora ¿Cómo explicarse las creaciones literarias de Aristófanes, Esquilo y Sófocles, las obras del Partenón, Apolo, Afrodita y Atenea Pártenos? Había una brisa de libertad de creación que llegaba al antiguo pueblo ateniense, que disertó sobre las cualidades de la democracia, y a través de ellos, la conoció y desarrolló la humanidad. 

Nosotros, herederos  de esta concepción del gobierno del pueblo, y no de un grupo privilegiado, vamos a través  del tiempo creando nuevos derechos y garantizándolos en su aplicación, bajo la concepción de que todas las personas son iguales ante la ley y gozan de los mismos derechos, deberes y oportunidades. Aquello es la base de la convivencia humana en dignidad. Lo que algunos llaman la vida buena y otros, el buen vivir.

Aristóteles no realizó una formulación sistematizada acerca de la Constitución, sin embargo tuvo una visión de ella en los siguientes tres aspectos: a) se puede estudiar a la Constitución como una realidad del acontecer de la vida en comunidad, en la sociedad y el Estado, la existencia de una comunidad organizada políticamente: b) la Constitución es una organización, en ese sentido se refiere a la forma de organizar las maneras políticas de la realidad; c) se puede estudiar la Constitución analizando cuál es la mejor Constitución para un Estado, las mejores formas en razón de las cuales se organiza mejor un Estado para la realización de sus fines, concretando los de la comunidad. Aristóteles al hacer el análisis de las tipologías políticas, llega a la conclusión de que ni la monarquía, ni las oligarquías, ni las democracias son idóneas, sino que las mejores constituciones son aquellas que son mixtas, es decir aquellas que tienen combinados elementos aristocráticos, monárquicos y democráticos.[3] Fiel a su concepción, Aristóteles apunta al justo medio por estar al alcance del régimen político más adecuado, esto es la sociedad óptima es la sociedad con una clase media mayoritaria. En “Tópicos libro I capítulo I, y en “Analítica Primera”, Libro I, capítulos 1-4, se pronuncia por el estagirita que la justicia es un justo medio, si por los menos el juez lo es. El juez mantiene la balanza equilibrada entre las dos partes. Esto lo desarrollará en su obra magna "Política".


[1] G.S.Kirk y J.E. Raven, Los Filósofos Presocráticos, versión española, Editorial Gredos, Madrid, 1969, pp.266-303. Edición original, Cambridge University Press, England, 1966.
[2] Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Filosofía de la Historia, Editorial Claridad, Buenos Aires, tercera edición, 2008, p. 224.
[3] Wikipedia, enciclopedia libre: http://es.wikipedia.org./wiki/Constituci%C3%B3n

domingo, 3 de abril de 2016

CONSTITUCIONES REFLEJAN REALIDAD


Los ecuatorianos hemos diseñado históricamente veinte caminos constitucionales de convivencia y desarrollo. Mientras otro país ha ejecutado un solo camino constitucional de desarrollo. ¿En dónde se encuentran las diferencias.

A la pregunta de ¿por qué son tan escasas las cartas constitucionales de larga vida y tan numerosas las de corta duración? existen dos respuestas, la primera que la causa está en nosotros los ciudadanos, y la segunda, que el problema está en el texto constitucional, que no es considerado un valor supremo de su identidad nacional.

Aparentemente deberíamos coincidir con el ex presidente de la república Osvaldo Hurtado Larrea (1981-1984) que los problemas de la democracia ecuatoriana no se deben a normas constitucionales supuestamente inadecuadas sino la forma en que los ciudadanos encaran sus responsabilidades cívicas o desempeñan funciones públicas; lo que Jellinek denominaba el carácter de un pueblo, las relaciones del vivir de los hombres.  Para Hurtado, en el Ecuador no existe el imperio de la ley, base en la que se sustentan las democracias exitosas de Europa, Asia y América; de la misma manera que en calles y carreteras peatones y conductores de todas las clases sociales ignoran la Ley de Tránsito, el presidente de la república, los congresistas, y los Tribunales Constitucionales y Supremo Electoral, han violado la penúltima Constitución en numerosas ocasiones desde que fue expedida en 1998. Y en sociedades en las que la legalidad es rebasada cotidianamente, no es posible que las instituciones democráticas operen correctamente y los conflictos políticos se resuelvan jurídicamente como sucede en países respetuosos del Estado de derecho; en su lugar actúan el poder y la fuerza y terminan imponiéndose los hechos consumados. (Véase, diario Hoy, 7 de junio de 2007, p. 6A)En lo que concuerda el jurista Julio César Trujillo, ex diputado y ex candidato presidencial: “Tenemos instituciones políticas que requieren cualidades que no las tenemos e incluso algunas ni siquiera las apreciamos, por consiguiente, mal podemos tenerlas” (diario El Comercio, Quito, 8 de agosto de 2009, p. 2 especial).

Lo que el Estado ha expresado en su historia republicana es una visión corporativista de la sociedad, donde las leyes se han dictado para favorecer a una oligarquía rapaz e incompetente y a estamentos sociales en lugar de todos los ciudadanos, habiéndose comportado este remedo de democracia cual real dictadura. Traiciones, golpes de Estado, limitada visión de futuro, planeamiento a corto plazo, crisis de gobernabilidad, discriminación de la mujer en la vida pública, violación de la Constitución e inseguridad jurídica, constituyen el signo político ecuatoriano. En opinión de analistas extranjeros, el sistema político del país no ha sido capaz de transformar la riqueza de los recursos naturales en acciones que beneficien a las clases sociales más necesitadas. Porque el Ecuador, en nuestro criterio, poseedor de enormes riquezas materiales, no puede ser considerado un país pobre, pero sí un país empobrecido.

Esta inestabilidad de la vigencia de las cartas constitucionales y de las instituciones políticas, ha estado acompañada de una persistente estabilidad del sistema social y económico. La ilusión de cambio vendida continuamente al pueblo ha permitido a las clases dominantes mantener inalterada la estructura económica. Su gobierno (con escasos períodos democráticos) hasta finales del siglo XX ha sido “gobierno de los pocos, por los pocos y para los pocos”. El poder político refleja los intereses económicos de una clase. Por eso un clásico social expresó que la política es la opinión concentrada de la economía, esto es que por medio de la política se controla la estructura de una sociedad. Por eso la gobernabilidad implica una construcción diaria y permanente de una verdadera democracia social y la realización del Estado constitucional de derecho.

Tal crisis social e institucional refleja a más de inestabilidad política y económica, una debilidad educacional popular que se traduce en un desconocimiento de la mayoría de la población respecto a sus derechos civiles y libertades individuales reflejadas en  la Constitución política del país. Se ha enseñado al pueblo las técnicas de la vida material, pero los esfuerzos por educarlo han sido pobres, y no se ha elevado su limitada cultura cívica. Por ello aunque se dirá que pese a la inestabilidad política y social se puede percibir una recurrente búsqueda de la democracia, “que la masa avanza” en palabras de Hegel, no es menos cierto reconocer  una debilidad de las organizaciones políticas que se declaran defensoras de los intereses populares y que no han podido representar el real contrapeso a las clases dominantes. Y para ello se debe volver hacia lo ético desde la condición más íntima de uno mismo, comenzar por abandonar la cultura de la queja y plantearse un proyecto social de confianza y optimismo en el futuro con respeto colectivo de la ley y su expresión máxima: La Constitución.  

En suma, podríamos decir que existe una falencia en el pueblo respecto al conocimiento de derechos y obligaciones del constitucionalismo expresado en un conjunto de tendencias, estudios, ideas y teorías que destacan el fundamental papel que desempeñan las Constituciones en la vida política de los Estados. Es lo que pretende en el siglo XXI aplicar y cumplir la vigésima y última Constitución ecuatoriana aprobada por el pueblo soberano mediante referéndum el 28 de septiembre  de 2008 y publicada en el Registro Oficial N. 449 el 20 de octubre del mismo año. La realidad concreta lo dirá.












miércoles, 30 de marzo de 2016

INESTABILIDAD CONSTITUCIONAL


INESTABILIDAD CONSTITUCIONAL ECUATORIANA.

En la Constitución Política de la República del Ecuador, codificada y aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente reunida en la ciudad de Riobamba el 5 de junio de 1998, los constituyentes buscaron hacer coincidir dos hechos trascendentes en la historia del país: Riobamba, la ciudad donde se realizó la primera Asamblea Nacional Constituyente con la denominación de Congreso Constituyente, y al terminar la redacción constitucional en un 5 de junio, recordar la revolución liberal de 1895, tratando de dar de esa manera forma democrática al contenido constitucional, y un mensaje de continuidad histórica. Esta es la Constitución número diecinueve en la agitada vida del pueblo ecuatoriano iniciada en 1830; a escasos cinco años ya se dio una nueva Constitución la de 1835, otra en 1843, a dos años otra en 1845, en 1851, otra a año seguido 1852, en 1861, 1869, 1878, 1883, 1887, 1897, 1906, 1929, 1945, 1946, 1967 y 1978.

Para evidenciar la inestabilidad política de los inicios republicanos diremos que en apenas veintidós años tuvimos seis Constituciones, a un promedio de una cada tres años seis meses. Parecería que el país se ha asemejado más a un laboratorio que a un Estado, donde no se gobierna sino que se experimenta. Ninguna Constitución pudo durar al menos una generación, esto es veinticinco años. Ni siquiera nos hemos dado la oportunidad de saber si la Constitución es la adecuada o no para el país. Ecuador tiene la discutible distinción de haber reunido más asambleas constituyentes y aprobado más constituciones que el resto de países de Latinoamérica, hasta llegar a la Constitución de 2008, la vigésima en nuestra historia republicana, lo que refleja una persistente inestabilidad constitucional e institucional, una falta de confianza y fe en las instituciones del Estado.[1]

Buscamos el cambio por parte de las leyes, y no primero en nosotros mismos. Y si queremos cerrar viejas heridas, deberíamos empezar por aceptar responsabilidades individuales y complicidades colectivas, porque no hay animales puros ni ciudadanos perfectos. Además que nuestro sistema presidencialista ha sido demasiado rígido, un presidente elegido en las urnas fácilmente pierde el apoyo político y queda a merced de las fuerzas legislativas y, en última instancia, de las fuerzas armadas que quiérase o no, ante la debilidad institucional, se convierten en verdaderos árbitros de la legalidad. Eso se ha pretendido revertir en nuevos textos constitucionales.

Desde el comienzo republicano, el modelo constitucional mismo no daba para el cambio real. Nos habíamos quedado en el paradigma constitucional continental europeo donde la ley es la única manifestación jurídica idónea de la voluntad general.

 Lo que es la regla en otros países entre nosotros es la excepción. Desde el exterior somos vistos como problemáticos en el nivel de legitimidad del sistema y de la tolerancia a las leyes (“Los ecuatorianos no parecen ser muy tolerantes frente a las opiniones y criterios del resto. En cuanto al apoyo a la legitimidad del sistema político, tienen una posición negativa. El grado de confianza en los partidos políticos y en los parlamentos es bastante bajo en el país”, Mitchell Seligson, catedrático de la U. de Vanderbilt, entrevista en El Comercio, 24 de noviembre 2008, cuaderno 1, p.5). A primera vista, nos conducimos ad absurdum, de modo ilógico. Empero la realidad es más compleja que las meras percepciones. Todavía somos una sociedad en formación. Recordemos que Bolivia, desde su independencia en 1825 hasta 2010, ha tenido el promedio de un presidente de la república cada dos años y cuatro meses. El presidente Evo Morales, es el modelo boliviano antagónico.


[1] “la capacidad de una constitución de durar, de no corromperse fácilmente, de no degradarse, de no convertirse en una constitución opuesta, es uno de los más importantes -si no el principal- criterios que se emplean para distinguir las constituciones buenas de las malas”, Norberto Bobbio, La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político, Fondo de Cultura Económica, México, segunda edición, 2001, p. 20. Primera edición en italiano, 1976.

lunes, 28 de marzo de 2016

TRATADO DE DERECHO CONSTITUCIONAL



 Si alguna virtud tiene este trabajo mío en seis tomos, denominado TRATADO DE DERECHO CONSTITUCIONAL es el de poseer un hilo conductor, una visión de conjunto en una búsqueda de coherencia; lo que los juristas llaman semántica. No va de una doctrina a otra, fusionando conceptos contradictorios. Y en el trabajo he tratado de seguir la oración de Terencio: Homo sum; humani nihil a me alienum puto (Hombre soy; nada humano lo considero ajeno a mí), y el primer aforismo de Hipócrates: “Corta es la vida, el camino largo, la ocasión fugaz, falaces las experiencias, el juicio difícil”. También suscribiría orgulloso el fragmento de la pluma de Marguerite Yuorcenar que atribuye al emperador Adriano estos pensamientos: “No desprecio a los hombres. Si así fuera no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos. Los sé vanos, ignorantes, ávidos, inquietos, capaces de cualquier cosa para triunfar, para hacerse valer, incluso ante sus propios ojos o simplemente para evitar sufrir. Lo sé: soy como ellos, al menos por momentos, o hubiera podido serlo. Entre el prójimo y yo las diferencias que percibo son demasiado desdeñables como para que cuenten en la suma final”.

Cuán difícil es concordar entre la teoría y la práctica personal ejercida con integridad, pero ese es el mandato que espero cumplirlo en este trabajo que pongo a vuestra consideración. 

viernes, 25 de marzo de 2016

La política, la filosofía y nosotros


La política está entrelazada con la justicia y con la sociedad, y la sociedad está íntimamente vinculada con la economía, es por ello la necesidad de conocerlas sistemáticamente.



Pero la ley, el derecho y la economía no son suficientes para conocer y desentrañar la realidad; para eso se debe acudir a la ciencia de la ciencias, la filosofía, pues ella, en definición de Aristóteles en el Libro I de la “Metafísica”, es aquella que reflexiona y define las entidades, conceptos, principios axiomáticos, básicos, fundamentales, esto es, aquellos sin los cuales nada existe, nada se puede pensar ni decir. La filosofía es la ciencia universal que reflexiona sobre lo universal esencial; sobre el ser como esencia o identidad, ser como existencia, no-ser como alteridad y diferencia, potencia, acto, “es la existencia del ente en cuanto a ente”. En su definición clásica, conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano. La filosofía analiza y estudia la totalidad. Y todo lenguaje, sea el de las ciencias matemático-geométricas, sea el de las ciencias empíricas, sea de la economía, sea el del derecho o la política, utiliza las palabras que Aristóteles analiza en la Metafísica, porque son conceptualizaciones de lo necesario; poseyendo el filósofo “la totalidad del saber en la medida de lo posible sin tener la conciencia de cada objeto en particular”. Y de la filosofía nos aprovecha la filosofía política. Concordando con Karl R. Popper, que “todos los hombres y todas las mujeres son filósofos, aunque algunos lo son más que otros”.



Cuando obremos con la cordura, tolerancia, conocimientos, humildad y conciencia que enseña la filosofía, cuando nos miremos más a fondo a nosotros mismos, cuando nos sentemos frecuentemente a pensar qué estamos haciendo, que a pesar de encontrarnos geográficamente en el centro del planeta, no somos el centro del mundo, ahí vislumbraremos el camino particular y colectivo. René Descartes decía que, cada nación es tanto más civilizada y culta cuanto mejor filosofan los hombres en ella.



José Saramago, declaró a Expresso, Lisboa, el 11 de octubre de 2008: “Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, sin que deba tener un propósito determinado como la ciencia, que avanza para cumplir objetivos. Nos falta reflexión, pensar. Necesitamos el trabajo para pensar. Y yo creo que sin ideas no vamos a ninguna parte”.



Ya el filósofo Platón refiriéndose al Gobierno, señaló el feliz encuentro que debe existir con la filosofía para el bien de la sociedad: “Los hombres no se verían libres de sus males, sino cuando por favor especial de la providencia, la autoridad suprema y la filosofía se encontrasen reunidas en la misma persona e hiciesen triunfar a la virtud de los asaltos del vicio”.